¿Puede alguien aprender a ser violento solo con mirar? Esa fue la pregunta que Albert Bandura respondió en 1961 con un experimento hoy clásico: niños que veían a un adulto golpear a un muñeco inflable, después reproducían esa misma agresión, sin que nadie los hubiera premiado ni castigado por hacerlo. Bandura nació en 1925 en Alberta, Canadá, y murió en 2021, tras construir la mayor parte de su carrera en Stanford.
Hasta ese momento, la psicología dominante decía que aprendemos solo a través de premios y castigos directos. Bandura demostró algo distinto: aprendemos también observando e imitando a otros, sin necesidad de vivir la experiencia en carne propia. A esa idea la llamó aprendizaje por observación, y con ella tendió un puente entre el conductismo y la psicología cognitiva.
Más adelante desarrolló un concepto que hoy es central en la clínica: la autoeficacia, esa creencia que tiene una persona en su propia capacidad de lograr lo que se propone. No es lo mismo saber hacer algo que creer que uno puede hacerlo, y Bandura mostró que esa creencia influye tanto como la habilidad misma en el resultado final.
También propuso el determinismo recíproco: la conducta, el ambiente y los procesos mentales no van en una sola dirección, se influyen todos entre sí, todo el tiempo.
Un dato llamativo: durante décadas fue uno de los psicólogos vivos más citados del mundo, y su muñeco Bobo sigue generando debate ético por haber expuesto deliberadamente a niños a un modelo agresivo.
Hoy, cada vez que un terapeuta ayuda a un paciente a creer un poco más en su propia capacidad de enfrentar algo difícil, está trabajando, aunque no lo diga en voz alta, con la idea que Bandura dejó como legado.




