El asco es, de las emociones básicas, una de las más fisiológicas. Nació como una alarma de contaminación: te alejaba de comida en mal estado, de heridas, de todo lo que pudiera enfermarte. Por eso su expresión facial es tan reconocible en cualquier parte del mundo: la nariz que se arruga, la boca que se tuerce, casi como preparando el cuerpo para rechazar algo.
Pero el asco no se quedó solo en lo físico. Con el tiempo, empezamos a sentir algo muy parecido frente a situaciones morales: una traición, una injusticia grave, una conducta que consideras profundamente incorrecta. El cuerpo reacciona casi igual que frente a comida descompuesta, aunque lo que rechazas ahora sea una idea o un comportamiento.
En el cuerpo se siente en el estómago, a veces en la garganta, con ganas de alejarte físicamente de lo que lo provoca. El pensamiento que suele acompañarlo es simple: «esto no, esto me repele».
El asco cumple su función cuando te aleja de algo que efectivamente te hace daño. El problema aparece cuando se generaliza demasiado, por ejemplo hacia ciertas personas o grupos completos, porque ahí deja de proteger y empieza a alimentar prejuicios. Reconocerlo como emoción, y no como verdad absoluta, ayuda a usarlo con más criterio.




